¿Es tu Empresa Socialmente Responsable?

28/08/2012 § Deja un comentario

La RSE (Responsabilidad Social Empresarial) es un tema amplio, obvio y complejo en la misma proporción, y también ignorado por muchas empresas. Pero para otras tantas —con más visión y estrategia institucional— este distintivo está constantemente en la mira y en los hechos de todos sus procesos internos, y representa, además, una bandera positiva para mostrar al mundo.

Y aquí vienen las necesarias interrogantes ¿Qué significa en realidad tener responsabilidad social? ¿Cómo lo percibe un cliente? ¿Cómo beneficia al empleado o proveedor de mi compañía? ¿Cómo lo evalúa el accionista? ¿Qué gano yo como empresario?

Te vas a topar con asesores que te propongan un curso completo para orientarte en este aspecto, y serán necesarios, si acaso, para implementar con eficiencia los pasos para convertirte en una ESR; yo seré clara para ayudarte en tomar la decisión: la responsabilidad social es una herramienta estratégica que posiciona tu empresa dentro de una mentalidad encaminada hacia mejorar los proceso internos y generar más valor a tu entorno (y todo lo que esto representa). Más resumido, es una actitud empresarial, una categoría que representa tu visión y que deja beneficios en todo o que te rodea.

La ISO 26000 de Responsabilidad Social es una Norma Internacional puesta en marcha desde noviembre del 2010, en la que expertos de más de 90 países y 40 organizaciones internacionales involucradas, trabajaron durante ocho años para unificar diversos aspectos de la responsabilidad social corporativa. Esto significa que se ha conformado una guía completa para amoldar a las empresas públicas y privadas (PYMES incluidas, desde luego) de países desarrollados y en vías de desarrollo hacia una sana orientación basada en responsabilidad, confianza, valor y compromiso con los seres humanos, el trabajo que desarrollan y el entorno que lo rodea.

Tu empresa puede sostenerse en innovación, creatividad, calidad y satisfacción temporal de tus clientes o consumidores; puedes haber logrado cuantiosas utilidades, pero esto ya no es suficiente, por lo menos no para los ojos de algunos accionistas, la competencia, e incluso gente común, pero más consciente e informada que elige o descarta productos y servicios por no cumplir con expectativas que, en teoría, a todos deben preocuparnos. No basta con mantener impecable la imagen de tu marca, la gente se pregunta y quiere saber cómo se retribuyen las ganancias y qué impactos ambientales y sociales ocasiona o regenera determinada firma. El planeta está en crisis ambiental y social, y las empresas cargan con un fuerte compromiso con la humanidad.

Sí, como su nombre lo indica, es una responsabilidad y como tal implica dedicación, esfuerzo, tiempo, compromiso, entrega, decisión ¿acaso no son los valores con los que quisieras que relacionaran el nombre de tu empresa o la personalidad de quien la representa?

La ISO 26000 no es una certificación ni una norma de sistema de gestión. No se compra, se aplica. Es una guía para la correcta implementación de una responsabilidad social. Si se opta por este distintivo, la visión, misión, procesos, actividades y productos o servicios deben estar alineados a estrategias sustentables, y así dar el paso de buena intenciones a las buenas acciones.

Y en efecto, como no es una certificación, algunas empresas dudan de su eficiencia operativa, pero aquí hay una buena noticia. Organizaciones como el Pacto Global y el Global Report Initiative (GRI) han desarrollado documentos donde se establece una equivalencia con algunos aspectos de la ISO 26000, lo cual ha permitido homologar el cumplimiento sobre derechos humanos, prácticas laborales, medio ambiente y practicas justas de operación. Esta equivalencia ha permitido utilizar la Guía del GRI en conjunto con la ISO 26000 para la elaboración de memorias de sostenibilidad.

¿Qué se logra entonces al optar por este distintivo? Las empresas amplían su visión y fortalecen su misión al plantearla como un agente incluyente, no sólo interesado en ganancias o en lo que se obtiene de los consumidores, los gobiernos y las comunidades, sino ocupadas por su eficiencia en los procesos internos y por generar valor a su entorno.

Dicen los expertos que solo las empresas que integren Responsabilidad Social en su estrategia tendrán éxito en el siglo XXI. Cada empresario decide.

Los principios de la Responsabilidad Social que se deben respetar en todo tipo de organizaciones:

  • Rendición de cuentas
  • Transparencia
  • Comportamiento ético
  • Respeto a los intereses de la partes
  • Respeto al principio de legalidad
  • Respeto a la normativa internacional de comportamiento
  • Respeto a los derechos humanos

7 Materias fundamentales de la RS que una empresa debería abordar:

  • Gobernanza organizacional
  • Derechos humanos
  • Prácticas laborales
  • Medio ambiente
  • Prácticas justas de operación
  • Asuntos de consumidores
  • Participación activa y desarrollo de la comunidad

Para entender más acerca de ISO 26000: http://www.iso.org

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Moda y sexo

24/02/2011 § Deja un comentario

 

Cambiar de amante, de filiación política o de religión es más fácil que cambiar de look. ¿Por qué algunos hombres le tienen tanto miedo a la reinvención? Cuando conocí a Alex, su guardarropa era un revoltijo de playeras y jeans pasados de moda, y lo peor era que nada reflejaba su personalidad.

Él es un buen tipo, en sus 35, brillante diseñador gráfico y amante de la buena música y el cine. En dos palabras: muy intenso. Tiene los discos más raros que puedan existir, pero sólo compraba las prendas más aburridas; no se pierde la Muestra Internacional de Cine, pero no se atreve a cambiar de color de camisa; para sus diseños emplea los colores de mayor voltaje que tiene el Pantone, pero al vestirse su paleta se reducía a gris y azul marino.

Tenía que convencerlo de que lucir mejor no se reduce a una banalidad pasajera; si de todas formas tienes que ponerte algo encima, escoge lo que vaya con tu cuerpo y actitud, ¿qué hay de malo en eso? Porqué tantos machos alfa siguen creyendo que pasar por desaliñados y o ser del tipo mugroso-descuidado son más interesantes. Es verdad que algunos se creen el cliché, pero con Alex descubrí lo que le sucede a tantos hombres por el mundo: que ir de compras les resulta tan aburrido y tal pérdida de tiempo que prefieren seguirse poniendo lo que usaban hace 10 años mientras no esté roto, y a otros tantos los hoyos les parecen que ayudan a la ventilación.

No es miedo al ridículo, ni reticencia a dejar fórmulas ya probadas. No es temor a provocar, a verse demasiado gay o demasiado fashion o demasiado cool ni ninguna de esas mariconerías. Sencillamente les da una hueva inmensa probarse ropa y pasarse un día entero en un mall.

La moda en el mejor de los casos es efectiva cuando se le agrega actitud, personalidad y se le saca provecho. Entonces, la fórmula con Alex fue fácil, nos tomamos unos tequilas y lo llevé a un par de tiendas, no más, y el detonador, por supuesto fue el anuncio de que una hora después la que se quitaría la ropa sería yo. Se probó unos jeans de Massimo Dutty que le hacían ver un trasero glorioso, escondido antes en esos trapos descoloridos de tiro largo. Unas cuantas camisas, playeras, un par de cinturones y otro de zapatos, tampoco necesitan más que eso.

Todo para que al final la ropa saliera sobrando, pero en la mañana, definitivamente, el hombre se veía mucho mejor.

Conversaciones de café

05/10/2010 § Deja un comentario

—   Hay que estar al día con la pornografía, lo de hoy es ver a parejas amateur dándose una cogida espectacular.

—   ¿De veras?

—   Sí, la mayoría de los actores porno son tan malos y esa tendencia de dirigirlo todo a un público masculino y guarro ha transformado los contenidos y, por supuesto, las visitas de los portales. Hay gente más exhibicionista de lo que uno cree.

—   Sí, y menos onanistas que los que el mundo necesita. Hay hombres que siguen creyendo que hacerse una paja y disfrutarla es un indicador de que les faltan mujeres.

—   Ya, y no hablar de los que han cumplido 60 años; niegan la masturbación como si hubieran robado. Lo sé porque ante las constantes quejas de falta de sexo de un amigo de esa edad, le recordé que siempre podía hacerlo consigo mismo, y me miró como si le hubiera sugerido ponerle liguero a una oveja.

—   No sería tan terrible si la negaran, y lo hicieran, pero entorpecen el placer de tantas formas.

—   Y es que si a veces no te lo haces tú mismo, entonces quién. Tú sabes la presión justa, el movimiento adecuado, la velocidad, es una alternativa más, pero la gente la desecha, incluso ha salvado a cientos de matrimonios de la infidelidad.

Se acerca un tercero y se incluye.

—   ¿De qué hablan?

—   En resumen, de hacerse pajas.

—   Vaya, yo hace años que no me hago una —y lo dice como si fuera una proeza.

—   Y bien jodido que estás.

Humanos

20/09/2010 § 1 comentario

“La naturaleza es promiscua”, escribió Stephen T. Emlen de la universidad de Cornell en un artículo de la revista Science. “Las hormonas empujan a los machos de casi todas las especies a esparcir sus genes entre el mayor número de hembras. En cuanto a las hembras, muchas tienen distintas parejas tratando de encontrar los mejores genes para su progenie y gran parte de ellas son promiscuas hasta que encuentran al macho que consideran de alta calidad”.

Esto no es nuevo, pero nunca está de más recordarlo: En la naturaleza humana, específicamente, las investigaciones sugieren que las mujeres suelen estar más dispuestas a ser infieles durante la ovulación; el engaño se predispone en pos de la mejoría genética y tienden a preferir a hombres que puedan aportar genes más fuertes y saludables a su descendencia. Tan es así que uno de cada 10 niños son de un padre distinto al que los cría, según investigadores de la universidad de Stirling, en Inglaterra. Algunas mujeres se escandalizarán y lo negarán hasta la muerte, pero la naturaleza es así.

Por otro lado, el deseo sexual, propiamente como deseo, hacia el resto del mundo no muere con el matrimonio ni con el establecimiento de una relación formal. Hay una energía implícita en el hombre —y también en la mujer aunque en grado menor— que los lleva al deseo. La pulsación sexual hacia otra persona no se convierte en infidelidad, ¡faltaba más!. Una cosa es el deseo y otra el acto. Lo que es imposible es no desear. Bueno, es posible, hay miles de seres humanos llenos de miedos y culpas que ante el más mínimo asomo de deseo lo reprimen y hacen cualquier cosa por engañarlo, pero el deseo —que no tiene que ser sexual— sigue ahí.

La monogamia tiene un valor generalizado en la sociedad porque hace más fácil la organización de la familia y los procesos económicos, además de que emocionalmente es justificable.

Para ser infieles hay que mentir y la mentira te vuelve descuidado y paranoico.

El infiel es el que sigue las pautas que otros han puesto y no las que sus propias convicciones le gritan todos los días.

Los años que vienen

18/09/2010 § Deja un comentario

Autor KtoYo no entiendo este mundo. Bueno, sí lo entiendo, pero preferiría no hacerlo porque me duele como ser humano y ciudadana que situaciones tan elementales, como cuidar el agua y la tierra se tomen tan a la ligera. A ver, en México hay que pagar una tenencia y dos verificaciones al año, y si tratas de zafarte tarde o temprano los “policías de tránsito” te obligan a pagar una multa considerable para volver a circular. Si tienes coche prácticamente tienes que pagar, pero si tienes un servicio como el de agua potable tiene que haber una labor tremenda en medios, blogs ecológicos y campañas para que prácticas tan simples como evitar verter aceite al fregadero —porque contaminan una cantidad impresionante de agua— sean casi una petición.

No entiendo. Hay estudios de expertos en ecología y biodiversidad y tantos otros que pronostican la salud, o muerte, de la Tierra, que estamos a punto del colapso. El ecosistema como lo concebimos ahora, con agua limpia y plantas, que con sus raíces que controlan la erosión; con los insectos también reguladores entre otras cosas de enfermedades son los eslabones más amenazados y están a punto de romperse. Estamos destruyendo la propia regulación de los ecosistemas, y la solución parece estar en concientizar a la gente con una suavidad casi maternalista, de las flojas, de lo que se debe y no hacer.

La guerras futuras serán por agua, dicen también los que saben. ¿Y qué hacemos? ¿Qué hacen los gobiernos para evitarlo, si es que en algún momento buscan de verdad disminuir esa gran industria que es la guerra? ¿Qué hace cada individuo?

Yo me pregunto qué pasaría en una ciudad inmensa como el DF si sigue teniendo problemas con el subministro de agua. Ése sí que sería un desajuste social de proporciones fatalistas. ¿regalará en gobierno botellas de agua en vez de tapabocas como lo hizo con la “epidemia” de A(H1N1)? La gente sigue sin pagar el agua o desperdiciándola sin ninguna vergüenza. En términos de cuidar el medio ambiente no se obliga a nadie a nada.

Se recomienda evitar gastar energía y usar en demasía combustibles que contribuyan al efecto invernadero, pero eso sólo a nivel individual y casero porque qué sería de la industria hotelera, excepto la “eco”, y ésa también entre comillas, y de la industria editorial si tuvieran que seguir tales consejos. Los hoteles desde 10 a 500 habitaciones viven con aire acondicionado y no reparan en lo qué usan sus huéspedes para no contaminar el lugar que visitan. Y el papel, donde se imprimen tantas palabras que no se leen y que tantos árboles necesita.

Pero la tenencia sí hay que pagarla.

+ de 35

15/09/2010 § Deja un comentario

Las mujeres, cuando pasan los 35 años se convierten en un potencial blanco —todavía más efectivo— para las voraces marcas de cosméticos, cremas y demás potingues que siguen creciendo en el mercado y que prometen descaradamente preservar la belleza.

La juventud como tal se acabó y en la búsqueda por recuperarla, misión que envejece aún más por las innumerables trampas en el camino, se pierde esfuerzo, dinero y la natural belleza que aún queda en la plenitud de la tercera década.

Fui a una reunión de puras mujeres, ya ninguna pura, por cierto. La convocó una amiga que cumplía 50. Alegre, excelente anfitriona y encantada de que su casa fuera un centro de barullo y fiebre hormonal de todas edades.

Vaya espectáculo. Una que otra veinteañera, varias de 30 y pico, muchas más de 40 y 50 y así hasta llegar a la tercera edad, la tía de 70 también estaba ahí disfrutando del desayuno y el bla, bla, bla.

Me senté y observé. Las mujeres somos un libro abierto, con más o menos misterio. La mayoría venía armada de Tous y Channel hasta los dientes. Aretes, collares, bolsas… como si cualquiera de esos accesorios diera en realidad belleza. Capas de rimel en las pestañas que los párpados tenían que estar haciendo mucha gimnasia para mantenerlas arriba. Y ya ni mencionar las marcas de cirugías y botox que pocas veces no se notan.

Y es que en ese afán por transformamos y querer lucir más bellas, más jóvenes, más luminosas, más… cualquier cosa, lo único que logramos es evidenciar lo poco agradecidas que estamos con el paso de los años. Sin esos años, no seríamos mejores profesionales, ni veríamos crecer a los hijos, propios y ajenos, no entenderíamos que la vida no se va haciendo más fácil, pero sí más satisfactoria.

Mi amiga sabía con quién podría conversar mejor, así que me cambió de lugar y me presentó a XXXX, una mujer de treinta y pico que sabía sacarse partido sin mucha producción ni maquillaje, para mi gusto, como debe ser.

Del otro lado, había una mujer más o menos de la misma edad con una sonrisa espléndida que conversaba de todo y con cualquiera. Nada de maquillaje, casi ningún artilugio de la moda sobre ella. Y se veía feliz. Tenía una tez blanca envidiable, quizá por la ausencia de capas de maquillaje, y un cabello liso y castaño. Quiso levantarse y pidió ayuda, tenía alguna enfermedad motriz y las piernas no le funcionaban bien. Y aún así era la que más belleza y entereza tenía de toda la reunión.

Fiestas de niños

15/09/2010 § 2 comentarios

Desde que mi hijo va al kinder he tenido que hacer un esfuerzo monumental por convivir con esa clase de mujeres a las que no pertenezco y, claro, por lo mismo, me miran como a un bicho raro que podría sacarse mucho mejor partido si entrara en la esclavitud de las cremas antiarrugas —con una tengo— y las bolsas Coach.

Pero no, yo sigo como soy, y ellas y muchas más como quieren ser, y así convivimos en fiestas infantiles y otros eventos escolares a los que elijo ir para ver si en una de esas descubro a otra femenina oveja negra y se me quita esa sensación a lo Kurt Cobain de sentirme muy diferente a los demás.

Ayer, fuimos a una fiesta infantil con alberca. Mi hijo, feliz, como siempre, no se entera más que del ahora en el agua. Hay como 15 mamás y un hombre, el papá del festejado, por supuesto. Es martes, así que los demás tienen que trabajar; bendito pretexto ese de la oficina y los negocios.

A algunas las conozco de coche a coche o cuando nos encontramos en la puerta de la escuela con sistema Montessori a la que nuestros hijos van. Nos saludamos y empieza ese small talk tan difícil de evitar. “Vives en una sociedad, diría mi hermana mayor, y tienes que ser parte de ella”. Pues no, convivo pacíficamente con esa sociedad, pero no soy parte, me niego a serlo.

“Oye, pero cómo adelgazaste, le dice una medio rechoncha a la anfitriona, y la otra sale con una nueva dieta de hacer siete comidas al día, y luego dice que el libro lo prestó y nunca se lo regresaron, pero que fulana —que está como una vaca— tiene copias.

Y por ahí siguen: el clima, que no puede faltar. Empieza a llover a cántaros, así que estamos atrapadas en la palapa central del condominio. Los niños siempre nos salvan, todas los tenemos así que nunca falta conversación sobre ellos; las anécdotas hilarantes, los avances, las quejas sobre la escuela. Pero, señoras, no podríamos hablar del presupuesto gastado en el Bicentenario, o de plano de quién, además de los diputados de PRI, ya tiene en sus manos el iPad.

Lo interesante es que fui yo quien tuvo que convencer a mi hijo de ir a la fiesta. Él claramente dijo que no quería ir. Miré a mi hombre —que no mi esposo porque no nos casamos, pero llevamos más de diez años juntos—, un poco intrigada de por qué no querría ir a una fiesta con los niños de su salón, y mi hombre me dice, “con unos padres como nosotros, qué esperabas”.

Las mujeres no le hacen el camino fácil a una nueva integrante y menos si las supera en belleza o inteligencia, así que las mamás de un círculo determinado se encierran en sus conversaciones locales, la de la fiesta es amable con todas y las solitarias sin escudo vagan como almas en pena tan deseosas de pertenecer a los grupitos exclusivos, que éstas, claro, las desprecian.

Revoloteando también están las “nanas” o muchachas de servicio que acompañan a sus señoras para que se encarguen de los críos y ellas puedan platicar a gusto. Demasiadas mujeres, hormonas y nada que las amalgame. Miradas furtivas, afirmaciones, “ésa seguro las tiene operadas”. Llega otro papá y rápidamente lo señores se apartan a una esquina, se han de sentir en el purgatorio y sin una sola virgen.

Y hago mi esfuerzo, pero nada. Es hora de la piñata, ese ritual de palear al personaje favorito del niño y que termina destripado por el papá para que salgan los dulces. Mi hijo se asoma dentro de su bolsita llena y después me mira satisfecho. “Mamá, ya vámonos”.